En tiempos de crisis climática ¿se persigue o ignora a los especialistas?

En los últimos años la tendencia a disminuir los fondos dedicados al desarrollo de la ciencia y la divulgación científica ha afectado a muchos países, tanto de los llamados desarrollados como subdesarrollados. Esa disminución ha ido acompañada de campañas orientadas a desprestigiar y ridiculizar a los investigadores, sus temas de investigación y el costo que representan sus salidas del país por labores de investigación. Entre estos, los casos de Argentina y México llaman la atención porque, aunque ambos se colocan en senderos políticos opuestos, han coincidido en justificar estos recortes en ciencia en la necesidad de destinar mayores recursos a sus programas sociales urgentes.

No importa entonces a qué corriente política pertenezcan, ambos casos se han lanzado de lleno con un discurso que el filósofo de la ciencia y biólogo evolutivo, Massimo Pigliucci califica como “la crítica (de la filosofía) postmoderna” contra los expertos: “como la mayoría de los postmodernos, claramente tienen un problema con la ciencia, presumiblemente porque la ciencia es comúnmente considerada una ‘autoridad’ y, por cierto, no siempre por las razones correctas”. Desde esta perspectiva posmoderna, el punto de vista de los expertos es un instrumento de poder difícil de controlar para los gobiernos.

La libertad de cátedra que se vive en muchos centros universitarios autónomos no es la única conquista de la que generalmente gozan los trabajadores de la ciencia que hacen la doble tarea de enseñar e investigar. La posibilidad de proponer los temas que desea investigar constituye una de las más valiosas libertades de los especialistas en la academia. No es novedad que los temas de investigación se juzguen como inútiles o irrelevantes cuando no tienen una aplicabilidad práctica inmediata. Este falso debate se instaló de manera orquestada en la discusión pública dentro y fuera de las redes sociales cuando en 2016 se aplicaron recortes al presupuesto de CONICET (la agencia gubernamental que organiza el desarrollo científico en Argentina). La pugna por el control de la agenda y del ingreso de miembros del sistema de investigación no han sido conflictos ajenos del gobierno anterior ni desde la creación de CONICET en 1958.

Estas embestidas contra la ciencia y sus expertos están teniendo efectos inmediatos y futuros en el desarrollo científico de nuestros países que, entre otras áreas urgentes, están postergando una vez más la tarea de enfrentar la crisis climática para la que la planeación y toma de decisiones lleva al menos 20 años de retraso. Esta confrontación, por tanto, nos toma en el peor de los escenarios, al que se suman, la crisis migratoria generalizada en el continente a causa de conflictos políticos y como consecuencia de la crisis climática.

En su último libro (Down to Earth: Politics in the new climate regime) el filósofo de la ciencia, Burno Latour, propone que todos los hechos históricos trascendentes después de la caída del muro de Berlin tiene un eje común: negar la ocurrencia de un nuevo régimen climático. Desde su perspectiva, el proceso de desregulación económica y desigualdad extrema en el planeta (el auge de la globalización), seguida de los procesos de amurallamiento y nacionalismo extremo que hoy encabezan Inglaterra y Estados Unidos, tienen un componente en común: convencer que lo que ocurre fuera de sus fronteras es problema del resto del mundo, al que alguna vez intentaron colonizar y del que hoy pretenden aislarse.

Esta descripción del proceso actual que tiene al resto del mundo en la incertidumbre sugiere entonces que muchos otros gobiernos, estarían siendo partícipes de estos dos agentes extremos: aferrarse a lo global o a lo local. Es decir, si tomamos como cierta la propuesta de Latour, los gobiernos no estarían estancando el patrocinio de la labor de los científicos especialistas debido a sus excesos y errores, que, como Pigliuci reitera “cualquier otra actividad humana”, los científicos podrían tener. Sino cobijados en la falsa idea que la inmediatez de la emergencia no requiere de evidencias científicas o del trabajo intelectual que realizamos: el fantasma del populismo y del aislamiento planetario.

En la era digital, el conocimiento fundamentado con evidencias compite seriamente al confrontarse con los sesgos ideológicos de los ciudadanos. En un estudio empírico realizado en Estados Unidos, se encontró que la aprobación a las políticas a favor de contrarrestar el cambio climático (de las que son afines los partidistas demócratas) son menos apoyadas cuando hay un consenso entre demócratas y republicanos que cuando son sólo apoyadas por los demócratas. La lección la hemos visto con nuestros propios ojos a lo largo del continente y el mundo: la estrategia comunicacional de polarización es un arma política más efectiva que la sola difusión de las evidencias. Y desgraciadamente, los sesgos humanos frente a las evidencias son inherentes a todos los grupos sociales.

El reto de la crisis climática, migratoria y de polarización, sugiere Latour, no es solamente científico. Plantea la necesidad de volver a describir qué entendemos por naturaleza y qué lugar habitable queremos tener, ese lugar sobre el que otros seres “terrestres dependen para sobrevivir”. A especialistas y no especialistas en ciencia, nos toca desarrollar nuevas herramientas políticas. El mayor de los desafíos que enfrentamos, de acuerdo con el filósofo Latour, es lograr construir redes que conecten a quienes quieran habitar el espacio común terrestre.

Referencias

Latour, B. (2018). Down to Earth: Politics in the new climatic regime. John Wiley & Sons.

Pigliucci, M. (2010). Nonsense on stilts: How to tell science from bunk. University of Chicago Press.

José Manuel Serrano

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