La interactividad vocal: ¿qué conexiones y conocimientos perdemos cuando la biodiversidad deja de producir sonidos?

La fórmula es:

Todos unidos pero cada uno es uno.

Y según Bohm

todas las cosas se tocan,

todo conectado con todo

y es instantáneo todo.

La separación es aparente.

Este es el importante don

de la física cuántica, casi

como cuento de ciencia-ficción.

(Poema “Con Martí mirando las estrellas”, Ernesto Cardenal)

Que todo está conectado con todo puede ser un argumento romántico y simplista sobre lo vivo. Sin embargo, para algunas áreas de las ciencias de la vida, evidenciar esa conexión es un enorme reto. Estar conectado, pareciera ser el estado constante (¿y deseable?) de los humanos que vivimos este inicio de siglo. Conectar, es probablemente uno de los verbos que más utilizamos actualmente. Sabemos que estamos conectados (o que no lo estamos) a partir de observar qué mantenemos en común con lo otro (persona, animal, nación, planeta o sistema solar). Gracias a distintas formas de conocimiento científicas y no científicas reconocemos en lo otro elementos en común con lo que nos es propio y con nosotros mismos. Definir que alguien (animal, humano o robot) interactúa con otro alguien pareciera ser una tarea epistémica bastante sencilla. Pero en el mundo interconectado definir que existe interacción entre animales es una actividad complicada si la conducta que provoca la emisión de señales no es clara, es decir, observable o cuantificable. Y sobre todo, está sujeta a la interpretación del observador y a lo que puede observar. Pensemos en la imagen común de la mesa en la que un grupo de personas están sentadas y cada una de ellas está conectada a su celular, pero sin interactuar con la persona de al lado. Esta imagen encuadra el problema epistémico al que me refiero: si las personas sentadas a la misma mesa no hablan entre sí, estar conectado alrededor de una misma mesa no implica actuar en coordinación con lo otro.

De Gaia a la polinización

Estar conectados es un problema ecológico para el conocimiento científico y no científico en varios ámbitos. La hipótesis de Gaia fue enunciada por el químico James Lovelock para proponer que la vida en la Tierra mantiene condiciones relativamente constantes a nivel termodinámico en la geósfera por la interacción entre lo vivo y lo no vivo. Lovelock, que trabajó para la NASA en la década de 1960, formuló detalladamente una serie de ideas uniendo conocimientos de la física, química y biología, tratando de encontrar cuáles serían las características esenciales y mínimas para encontrar vida fuera de la Tierra. Hay incluso institutos que enfocan todo su esfuerzo en estudiar los postulados de Lovelock en todos los ámbitos. Estos estudios han probado que la hipótesis de Gaia explica fenómenos a pequeña escala.

La ecología de ecosistemas nos ha mostrado que la vida está conectada, incluso con el mundo de lo no vivo. A partir de la década de los 70’s los primeros ecólogos comenzaron a evidenciar estas conexiones, posiblemente como consecuencia del eco epistémico generado por la Gaia de Lovelock, pero particularmente gracias al desarrollo de la espectrofotometría de masas y del fenómeno del fraccionamiento isotópico en ambientes geológicos. La aplicación de isótopos estables facilitó que se pudiera evidenciar las interacciones de materia y energía dentro de los ecosistemas, es decir, entre el ambiente físico (la atmósfera, los océanos y los suelos) y los distintos niveles tróficos: los productos y desechos de un nivel son el eslabón del siguiente.

Cuando la ecología comenzó a fundamentarse matemáticamente (en la misma época de auge después de 1970), cuantificar la conexión de fenómenos como la polinización comenzó a evidenciar que las relaciones tróficas tienen una correspondencia entre la acción de alimentación de un grupo animal como las abejas, con la reproducción de las plantas con flores. Estas dos acciones interrelacionadas son altamente dependientes. Su cuantificación nos llevó a valorar que, de la acción de los polinizadores depende no sólo la reproducción de las plantas, sino además el flujo de materia y energía en la red trófica, incluso en regiones remotas del planeta. Al mismo tiempo, otro tipo de interacciones ecológicas fueron cuantificadas y nos llevaron a ver que las conexiones ecológicas como la depredación de un carnívoro particular sobre un herbívoro, mantienen una interacción con la demografía de la planta que eventualmente dispersará otro animal en la red trófica.

La depredación, es un fenómeno que todos alguna vez hemos observado, algunos con mayor asombro que otros. Y el paso de la sustancia (como se le llamaba antiguamente a la materia y la energía) de lo no vivo y su tránsito por los eslabones tróficos de lo vivo hasta su regreso a lo no vivo, nos resultan ampliamente identificables, incluso a través de cuentos y sin necesidad de una clase intensiva sobre ecosistemas. Sin embargo, otras interacciones no visibles pueden ser menos elocuentes para la ciencia y fuera de ella.

Interacciones audibles e inobservables

Para mi abuela (como probablemente para muchos abuelos) la respuesta al porqué los pájaros cantan al amanecer y al atardecer era muy clara: cantan para orar y dar gracias -esta frase y su imagen tácita la recuerdo como pocos detalles de la vida de mi abuela que murió cuando yo recién había cumplido 14 años-. Los científicos por otro lado, hemos ofrecido una serie de explicaciones al porqué cantan los pájaros, particularmente en el crepúsculo, que dependen de la especie de ave. La mayoría de ellas coinciden en que la vocalización facilita la cohesión de grupos familiares y no familiares, o bien, que sortean las relaciones de espacio entre grupos o individuos, al inicio y al final del día, para asegurar los espacios de refugio y alimentación.

Casi todos los grupos de animales utilizan las señales vocales para una variedad de propósitos ecológicos: detectar depredadores o presas, marcar sus territorios, establecer relaciones sociales, expresar emociones, o compartir información. Interacciones: ya sea que se trate de un ratón detonando una llamada de alarma, un delfín que llama a su grupo social, un perro que responde a órdenes humanas, un abuelo que lee una historia a un niño, o una persona que accede a su correo electrónico usando un control de voz en su celular, la vocalización proporciona un canal de comunicación valioso a través del cual el comportamiento puede ser coordinado y controlado, y la información puede ser distribuida y adquirida (Moore et al., 2016).

Las interacciones vocales entre especies distintas son ubicuas, ocurren en muchas especies, pero identificar cuáles son las consecuencias conductuales, reproductivas, anímicas o sociales de esas interacciones vocales es un desafío para la ciencia actual. Entre otros retos, no hay consenso sobre cómo podemos definir información en las interacciones de lo no humano; cómo podemos identificar información, cuantificarla, saber qué se puede informar más allá del sesgo de los observadores humanos (una discusión extensa sobre estos temas puede revisarse en: Seyfarth et al., 2010; Carazo y Font, 2010; Owren et al., 2010). Tenemos la noción, por ejemplo, de que la vocalización de algunas especies propicia explosiones de coros de otras especies, particularmente de especies imitadoras como los loros. Pero no existe claridad sobre qué ganan los loros al promover explosiones sonoras en los bosques, más allá de las hipótesis no demostrables de que lo hacen por diversión o por obtener la atención de las hembras de su especie en los ambientes de ruido.

Una de las problemáticas para analizar estos fenómenos es su propia naturaleza, el ruido. Desentrañar la suma de voces en un bosque diverso y ambientalmente complejo (con lluvia, viento, cascadas, etc.) equivale a pretender identificar individual y simultáneamente cuáles son las conversaciones que provoca en hablantes de distintos idiomas la programación musical en un antro a la hora más candente de la noche. Es un reto técnico y tecnológico aislar la voz de cada grupo de hablantes. Implica disminuir el ruido de las voces de los otros, identificar el idioma y la expresividad de cada uno, además de conocer las intenciones del DJ. Requiere también saber si el detonante del ambiente es el propio humor de los asistentes al antro, la secuencia de piezas musicales o los tragos que han ingerido los asistentes, etc. En la metáfora del antro eventualmente podríamos entrevistar a los hablantes. Sin embargo, en el bosque lo más probable es que no podamos adquirir la información, sólo observar ciertas influencias del intercambio vocal y sonoro entre los individuos que suponemos están interactuando. Pero la misión no necesariamente será imposible en el futuro. Hemos comenzado a conocer más profundamente interacciones de humanos con otros animales. Por ejemplo, la compleja interacción para pescar en conjunto de un grupo de pescadores artesanales con una población de delfines en la costa atlántica de Brasil está mediada por silbidos de una y otra especie (véase Romeu et al., 2017). Mientras tanto, un grupo de investigadores está buscando reconocer cuáles son los elementos en común entre las interacciones vocales de animales, humanos y robots. La necesidad de comunicarnos con robots nos ha llevado a esta frontera en la que aún necesitamos definir qué estamos observando cuando observamos animales y humanos emitiendo señales y modificando sus conductas de manera coordinada.

A estos planteamientos debemos preguntarnos, como sugiere el ecólogo español Pedro Jordano, cuál es el costo de la pérdida de este y otro tipo de interacciones y la importancia de conservarlas. En la dinámica actual, la pérdida de diversidad en cuanto a tipos y número de especies es constantemente cuestionada y cada vez enciende mayor cantidad de alarmas en todos los rincones del planeta. Hay interacciones que no hemos comprendido aún y sin embargo, constituyen conexiones de las que dependemos directa e indirectamente, y que podrían desaparecer antes de que alcancemos a comprenderlas, o incluso, a valorarlas.

Referencias

Carazo, P., & Font, E. (2010). Putting information back into biological communication. Journal of evolutionary biology23(4), 661-669.

Moore, R. K., Marxer, R., & Thill, S. (2016). Vocal interactivity in-and-between humans, animals, and robots. Frontiers in Robotics and AI3, 61.

Owren, M. J., Rendall, D., & Ryan, M. J. (2010). Redefining animal signaling: influence versus information in communication. Biology & Philosophy25(5), 755-780.

Romeu, B., Cantor, M., Bezamat, C., Simões‐Lopes, P. C., & Daura‐Jorge, F. G. (2017). Bottlenose dolphins that forage with artisanal fishermen whistle differently. Ethology123(12), 906-915.

Seyfarth, R. M., Cheney, D. L., Bergman, T., Fischer, J., Zuberbühler, K., & Hammerschmidt, K. (2010). The central importance of information in studies of animal communication. Animal Behaviour80(1), 3-8.


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